jueves, enero 22, 2009

Sitiado

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Como la mayoría de las noches, llego a casa harto de todo y de todos. Del trabajo, de ciertos compañeros que no destacan precisamente por su brillantez; del stress que se acumula en mi al utilizar el transporte público para cruzar la ciudad día a día, de la casa a la oficina y viceversa. Y como todas las noches desde que recuerdo, enciendo la computadora, la tv, pongo música, hojeo una revista (todo a la vez) intentando empaparme de sensaciones agradables para pasar el mal trago de todos los días y largarme a dormir.
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En eso me ocupo, cuando una piedra de buen tamaño rompe el cristal de mi ventana repentinamente, interrumpiendo mis pensamientos, y al asomarme a la calle descubro que los culpables son unos mocosos de no más de diecisiete años. Naturalmente reciben un reclamo bastante airado y agresivo de mi parte, para después regresar a lo que estaba haciendo. Sin embargo, no pasan más de diez minutos cuando una segunda piedra entra al estudio, esta vez por la otra hoja de la ventana. Después de maldecir al pensar en lo caro que me saldrá sustituir los cristales, descubro que ahora no son sólo los mocosos, sino aproximadamente veinte personas que por alguna razón están bastante molestas conmigo.
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Ni siquiera hay tiempo de preguntar el por qué de la agresión, están demasiado interesados en llegar hasta donde estoy, sea como sea. Ya acercaron una escalera a la ventana y comienzan a subir los primeros: dos chicas jóvenes, como de mi edad. Una de ellas tiene a un bebé en brazos, ¿cómo es posible que se arriesgue de ese modo, subiendo una escalera sin apoyarse en nada y cargando a un bebé?
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-¡Perra inconsciente!– le grito desde donde estoy. Al hacer lo que está haciendo reduce mi campo de acción: ya tenía listo un palo para recibir a cualquiera que subiera esa escalera, pero creo que no es buena idea dado lo furiosos que se ven todos esos tipos. No sé qué hacer con ella. La otra fue presa fácil, un golpe en la cabeza y ya estaba en el suelo de nuevo, aunque eso dio tiempo para que los demás empezaran a trepar por la herrería de las ventanas. No solo intentan entrar por el estudio, también se acercan a otras ventanas y empiezan a subir; no me basto solo para rechazarlos a todos. No con el palo, por lo menos. Pensando en esto, recuerdo que en el mueble de la tv hay una escopeta recortada que algún visitante dejó olvidada, y aunque no logro recordar quién, interiormente le agradezco por la ayuda. Corto cartucho, apunto…
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La alarma de mi celular suena, ya es de mañana. Un sabor metálico me inunda la boca, y la incertidumbre acerca de lo que pasó se diluye en la regadera mientras pienso en los pendientes que me esperan en la oficina.
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Now Playing: Why don't you love me? - Little Richard
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Saludos Enfermos.

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