martes, octubre 23, 2012

Omsk


–Cuatrojos... –dijo a Andrès una niñita que jugaba al luche en la acera, y siguiò jugando.

Un segundo despuès de decirle cuatrojos, la muchacha se habìa olvidado de èl para siempre, jamàs en toda su vida iba a recordarlo. Ese segundo en que su atenciòn lo señalò como individuo en medio de la gente no dejarìa la menor huella en esa niña, que màs tarde serìa madre, y despuès, abuela. Ahora, seguìa jugando al luche. Andrès era un transeùnte, nada màs, solo entre esas gentes, pero igual a ellas. Mirò la calle. Los faroles se encendieron. Un hombre fumaba apoyado en el marco de una puerta y una mujer regaba begonias en una ventana. Las casas eran bajas, sin estilo arquitectònico que identificara naciòn ni època, albergando vidas iguales a las de cualquier calle, en cualquier època del mundo.

Entonces, el terror del tiempo y del espacio rozò a Andrès, remecièndolo. Le flaquearon las piernas y su frente transpirò con el miedo de los seres que necesitan saber y que no comprenden el por què de las cosas. Allì mismo, en esa dulce esquina anochecida, dolorosamente despierto, iba a caer en el abismo al final del puente, en el espanto de la situaciòn en que todo es igual a nada. Pero un segundo antes de abandonarse y dar el salto que lo iba a suspender o precipitar, surgiò en Andrès un destello de instinto de conservaciòn que le impidiò caer en la locura de exigirse instantàneamente y allì mismo una respuesta fundamental. Y ese destello tuvo la forma de una frase irònica:

–Todo esto es igual como si fuera en...en...–tratò de pensar en el sitio màs apartado y exòtico de la tierra–, igual como si fuera en Omsk, por ejemplo, y toda esta gente fuera omskiana...

Riò con el nombre atrabiliario.

¡Y claro esta calle y esta gente eran exactamente iguales que si fueran de Omsk! Con la risa lo invadiò un gran descanso, como si cada uno de sus mùsculos y de sus cèlulas, cada pieza de su organismo, fuera nueva y funcionara a la perfecciòn. Vio a la gente y a las cosas dàndose la mano a travès de los siglos y los kilòmetros; ya no existìan diferencias que los hicieran objeto de pànico, porque todos los omskianos, y èl entre ellos, vivìan un destino comùn. Eran todos ciegos...pero ciegos juntos e iguales en medio del desconcierto, un desconcierto que podìa transformarse en orden si uno se conformaba con ser incapaz por naturaleza de llegar a la verdad, y no se martirizaba con responsabilidades y preguntas carentes de respuestas. Los compromisos no existìan. La materia, atrapada en el fenòmeno de la vida, aguardaba agotarse. Nada màs. ¿Valìa la pena, por lo tanto, desear saber, inquietarse por preguntar y exigir, por crear y procrear, acudir a filòsofos, sabios, poetas y novelistas en busca de soluciones? ¿Còmo era posible ser tan pueril como Carlos Gros y creer que la ciencia lo solucionarìa todo, que mediante ella es posible llegar a concluir el puente, a cruzar ese espacio en que todos caen? ¿No veìa que la ciencia, como las filosofìas y las religiones, parte de una fe, desde el misterio de la calle anochecida, de estas vidas, de Omsk? lo ùnico que no era misterio era saberse existiendo...despuès la muerte, y entonces ya nada tenìa importancia porque todo caìa màs allà de la experiencia. Èl vivìa, Andrès Abalos, nacido donde y cuàndo naciò y entre la gente que naciò. Eso era Omsk. Tal como la señora que regaba las flores en la ventana habìa nacido donde y cuando y en el medio en el que naciò. Rebelarse, tratar de dar un significado a la vida, hacer algo, tener cualquier fe con la cual intentar traspasar el lìmite de lo actual, era estùpido, pretencioso, pueril, y màs que nada lo eran los compromisos y las responsabilidades. Lo ùnico razonable era la aceptaciòn muda e inactiva. ¿Le gustaba leer historia de Francia? Leerìa historia de Francia. ¿Le gustaba pasear en las tardes por las calles tranquilas? Pasearìa.

Andrès sintiò por primera vez que sus pobres pies pisaban terreno firme, que lograba saltar desde el extremo del puente hasta la orilla lejana. Para otros, sentir lo que èl acababa de sentir quizà resultara un poo negro de angustia. Para èl, sin embargo, era la justificaciòn de no hacer nada, de no aventurarse a nada, la liberaciòn completa de todo compromiso con la vida. La niña jugaba al luche. Casas con dos ventanas y una puerta. Un hombre fumando en una esquina mientras una comadre reìa. Èl, Andrès Abalos, no era màs que uno de ellos, un caminante solitario en un punto cualquiera, en un momento cualquiera del universo.

Andrès encendiò un cigarrillo. Caminò unas cuadras màs por el mundo maravillosamente fàcil y despejado. Despuès tomò un tranvìa y se fue a su casa.






Coronaciòn, Josè Donoso, 1957




Otro excelente libro del cual no encontrè link para compartir y que lo pudieran disfrutar en formato digital, asì que la recomendaciòn es la misma de la vez pasada: corran a su librerìa de usado màs cercana, còmprenlo e imagìnense rodeados de la alta alcurnia chilena de mediados del siglo pasado.




Now Playing: Karma police - Radiohead


Saludos Enfermos.


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GAVIOTA dijo...

siki que lo haré!!

la MaLquEridA dijo...

Me gusta este extraño relato, tan fuera de la realidad o no.


Saludos.

{{El Diablo}} dijo...

Gaviota: ¡Excelente!

Malquerida: Y espera a que leas todo el libro...



Saludos Enfermos.