miércoles, noviembre 28, 2012

Von Barring


El Oberstleutnant Von Barring y yo estamos emborrachándonos a la luz parpadeante de un candil, en la chabola de mi Compañía.

Ante nosotros hay una batería de botellas de cognac y de vodka, las unas vacías y las otras medio llenas aún.

Los nervios de Von Barring están tan de punta que no puede ya soportar los periodos de lucidez. Cuando no está ebrio, le dan tales arrebatos de ira que debemos atarlo para impedirle que se hiera o hiera a algún otro. El único medio de tenerlo más o menos dominado, es bebiendo con él. Hinka y yo nos relevamos en esta tarea, porque no nos sería posible seguir su ritmo de consumición. Mantenido perpetuamente en una especie de embriaguez comatosa, parece casi normal y razona coherentemente.

Sven, esta porquería rebasa todos mis límites.

Llena un vaso de vodka y lo vacía como si se tratara de cerveza.

–¡Cuando se piensa en todo lo que esos cerdos de Adolf y de Goebbels nos han metido en la cabeza, parece inverosímil! ¿Soñamos, o es posible que toda una nación haya tragado y digerido tantas mentiras y contradicciones? ¿Qué nos ocurre a nosotros los alemanes? ¡Todos sabemos que vamos directos hacia el infierno y siempre lo hemos sabido! ¿Es que queremos suicidarnos? ¿Es que podemos ser verdaderamente tan estúpidos como parecemos? ¿Tan ciegos y ávidos de poder? Creo que todos estamos locos...yo sé que lo estoy, y no de hoy precisamente. ¿Te acuerdas cuando Adolf vociferaba por la radio: "Si quiero conquistar Stalingrad, no es porque me guste el nombre, sino porque es necesario que este importante centro nervioso del tráfico fluvial soviético sea arrebatado al enemigo, y tomaré Stalingrad cuando considere que ha llegado el momento"? Y varias semanas después, tras la captura del Sexto Ejército, nuevos berridos del muy cerdo, ante las aclamaciones histéricas de esos cretinos miembros del partido: "Cuando me he dado cuenta de la inutilidad de ocupar Stalingrad, que no tiene ningún significado para la victoria final de nuestras tropas, he ordenado una retirada temporal". La gente ha coreado este discurso con una ovación. ¡Pero ciento ochenta mil hombres no pudieron ser sacados de Stalingrad! ¡Ni siquiera temporalmente! Ciento ochenta mil hombres aniquilados en la batalla por Stalingrad, la ciudad "sin significado...".

–Sí –repliqué–. Nosotros vemos claramente el engaño. Pero, ¿qué puede hacer un regimiento disciplinario contra sesenta o setenta millones de cotorras que no ven nada, porque no quieren verlo? Antes morir que perder la guerra, he aquí lo que dicen hoy cuando la guerra está ya perdida...lo que piensan en realidad es: "Más vale dejar que mueran los demás antes que perder nuestras preciosas existencias". He oído a una mujer, en Berlin, diciendo que, aunque en el frente solo quedase un regimiento, Alemania ganaría aún, con tal de que ese regimiento fuera el del SS-Leibstandart.

–Las mujeres son aún peores –gruñó Von Barring–. ¡Dios nos libre de las mujeres fanáticas! ¡Pero al diablo con todo! Hitler ha perdido la guerra, esto es un hecho. Pero, ¿veremos tú y yo el día del glorioso hundimiento? Esta es otra cuestión. Pronto nos tocará a nosotros pasar por la cazuela. ¡Es curioso vivir con la esperanza de ver que todo se hunde lo más pronto posible! ¡Bebamos, Sven, es lo único que nos queda...!

–Bebamos por el próximo encuentro con una muchacha atractiva. ¡Incluso fanática! con tal de que sea amable...

–Sí. Una vez de espaldas, todas son iguales. Si por lo menos supieran hablar de algo...¿has encontrado alguna vez que hayan tenido opiniones personales?

El timbre del teléfono de campaña nos interrumpió. Era para anunciarme que iba a ser enviado a Lwow, para recibir cuarenta preciosos carros de asalto. ¿Tal vez los últimos que el Ejército sería capaz de reunir?

Sin embargo, ese viaje a Lwow tuvo que ser aplazado, porque los rusos escogieron aquel momento para pasar a la ofensiva y nos acosaron sin tregua durante toda la semana siguiente.

Un día Von Barring penetró en mi chabola, durante su gira de inspección. Permaneció inmóvil un momento, mirando a su alrededor con aire ausente.

Después dijo:

–¡Estoy harto y más que harto!

Y salió como un demente.

Me apresuré a correr en pos de él. Había cogido cohetes de todos los colores y los tiraba al buen tuntún, de manera que nuestros artilleros debían nadar en un mar de confusiones. Hubo que dominarle, atarle y entrarle en la chabola. Gritaba continuamente, con voz ronca, vacilante, mirando fijamente ante sí, con los ojos desorbitados por el miedo; un miedo que solo él experimentaba, pero cuya magnitud los demás podíamos adivinar fácilmente.

–¡A sus órdenes, Majestad! ¡Majestad Hitler, ja, ja, ja! El Oberstleutnant Von Barring, del Regimiento de la Muerte, presente para el servicio del Infierno. ¡El asesino Von Barring se presenta, Majestad! ¡Majestad Hitler, ja, ja, ja, ja, ja!

Me hundí los pulgares en los oídos para no escuchar su risa. Pero cuando vi que estaba a punto de provocar un pánico general entre los ocupantes de la chabola, que le observaban fascinados, hice acopio de valor y le dejé sin sentido.

Ya solo quedábamos dos. Hinka y yo. Von Barring, tan joven y bondadoso, que antaño nos había protegido contra Meier, el cerdo, acababa de ceder a la tensión, a la presión permanentes.

Algún tiempo después, durante un breve viaje por necesidades de servicio, Hinka y yo nos detuvimos en Giessen, para llegarnos hasta el hospital psiquiátrico del Ejército, a donde había sido transferido Von Barring.

Atado a su cama, sonreía estúpidamente y no nos reconoció. La saliva le resbalaba por la barbilla, e incluso para nosotros, sus amigos, el espectáculo era repugnante. Esta visita nos trastornó tanto que, de regreso en nuestro tren, permanecimos mucho, mucho rato sin atrevernos a abrir la boca. Finalmente, Hinka emitió una risa nerviosa –no: una risa desesperada– y declaró:

–No estamos tan encanecidos como queríamos creer, ¿verdad, Sven?

Suspiré.

–No. Era horrible.

–Si alguna vez nos ocurriera una cosa así a nosotros, ¿no deberíamos prometernos mutuamente que el que quedara adoptaría la decisión más adecuada?

Sellamos el pacto con un enérgico apretón de manos.





La legión de los condenados (De fordömtes legion), Sven Hassel, 1953



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Now Playing: In the garden - Das Zeichen


Saludos Enfermos.


3 han opinado. ¡Da click y hazlo también!:

GAVIOTA dijo...

Y con el smartphone pagas también por ese servicio?
A mi por lo regular me gusta leer los libros, tenerlos en la mano, oler sus páginas, darles vuelta e ir viendo la ventaja que le llevo. Sentir el separador de hojas cuando cambia de página y decir:aquí voy ya casi lo termino de leer.
Arrellanarme en un sillón y leer leer leer con el libro en mis manos.
Solo es un comentario de un gusto muuuy personal eh!!
Saludotes!

Sandra L. dijo...
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
{{El Diablo}} dijo...

El smartphone tiene un chorro de aplicaciones gratuitas, entre ellas el Go Book que menciono cada que subo un pedacito de libro aquí. Coincido con las dos en que leer un libro en físico es otra cosa, entre el olor a tinta y papel, la textura, todo eso. Está muy bien, también me gusta hacerlo, pero hay dos puntos que me hacen mantener la lectura en digital: el primero es que viajo en metro y muchas ocasiones es incómodo sacar tu libro y leer ahí, a menos que vayas en un asiento individual (en los dobles el de al lado no deja tomar una posición cómoda para leer). La otra es que en cuestión espacio, en la palma de mi mano tengo lo que bien podría ocupar toda una pared de mi casa. Como sea, ambas opciones son excelentes mientras la gente le dedique al menos un ratito de su día a la lectura.


Saludos Enfermos.