martes, diciembre 18, 2012

24 de Agosto de 1704


El impacto de una bala de cañón de a veinticuatro libras es como introducir una mano en el vientre abierto de un lobo moribundo: mientras experimentas el calor de las vísceras aún húmedas, caes en la cuenta de que cuando el animal se revuelva por última vez, de la dentellada no te libra nadie.

Blas de Lezo bajó la cabeza y vio que parte de su pierna izquierda había sido arrancada de cuajo. Sintió el calor y sintió la dentellada. Y deseó que el infierno cayera sobre el malnacido inglés cuya mano había encendido la mecha del cañón que lanzó la bala.

Allí, sobre la cubierta del Foudroyant, con solo quince años de edad y vistiendo el uniforme de guardamarina de la armada francesa, supo que si el pánico no le dominaba ahora, para siempre con él estaría la ira. El espanto, la locura y el arrojo inabarcable.

Y eso hizo. Apretó los labios, dejó caer en cubierta el sable que empuñaba en la mano derecha y ahogó un grito que ahogaba todos los gritos futuros. Él era Lezo, y Lezo no aullaría jamás. No como un perro inglés. No como aquellos a los que habían estado cañoneando durante toda la jornada.

–¡Lezo! ¡tu pierna! –gritó uno de los guardamarinas franceses que se hallaba cerca de él.

La mañana se había levantado descubriendo un horizonte repleto de velas inglesas y holandesas. Parte de la flota del almirante George Rooke que unos días antes había conquistado Gibraltar, costeó hacia Levante tras saber de la presencia de navíos franceses en las inmediaciones. Cuando los encontró, se hallaba frente a Málaga. Y no dudó en hacerles frente, porque allí y entre aquellas gentes, nadie parecía dudar nada.

–¡Seguid disparando! –ordenó Lezo, como toda respuesta, a los artilleros del cañón que estaba bajo su mando–. ¡Vamos, hatajo de gandules borrachos!

Lezo...tu pierna...

Y lo cierto era que la pierna de Lezo, lo que quedaba de ella, presentaba un aspecto lamentable. El pie había desaparecido por completo y la tibia y el peroné estaban fracturados más o menos por la mitad. El dolor que sentía debía ser insoportable, pero no se amilanó. Había decidido no aullar como una puta inglesa y no lo haría. Él no.

–¡Un cabo! –gritó al guardamarina francés. Parecía más una orden que una petición–: Vamos, no te quedes mirando y alcánzame un cabo. Necesito hacerme un torniquete.

El guardamarina francés, uno o dos años más joven que el propio Lezo, fue en busca de lo que se le pedía. Cuando regresó, halló a Lezo dando órdenes con absoluta serenidad.

–Quitad esos cuerpos de ahí. ¿Tengo que decirlo yo, tarados malolientes? Los muertos no luchan, solo entorpecen.

–El cabo...–dijo, pálido ante la visión de los huesos de Lezo, el guardamarina francés.

Lezo lo tomó y, con él en la mano, se dejó caer en cubierta fuera del área de trabajo de los artilleros. Allí, luchando denodadamente por no chillar, por no abrir la boca ni morderse la lengua, rodeó su pierna con la cuerda y completó el torniquete. No era la primera vez que hacía uno. Cierto que no a sí mismo, pero, en esencia, no existía ninguna diferencia. Un torniquete es un torniquete: lo que haces cuando no quieres morir desangrado y no hay tiempo para una intervención médica en toda regla.

Entonces, entre el intenso dolor y la tentación de comenzar a experimentar lástima de sí mismo y de su mala fortuna, Lezo vio, frente a sí, a la muerte. Vestía como una fulana pordiosera, flaca y desdentada, y a buen seguro venía de pasarse por la entrepierna a los veintidos mil hombres de Rouke, éste incluido.

–Hoy es tu día –le dijo a Lezo en inglés.

Lezo la miró, y luego al charco de sangre que había dejado en torno a sí.

–Este torniquete aguantará –le respondió.

La muerte inspeccionó el trabajo que Lezo había hecho en su propia pierna y, con desdén, farfulló:

–No te salvará, querido. Esta noche te recogeré en mis brazos.




Mediohombre, Alber Vázquez, 2009



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Now Playing: Cold, cold rain - Danzig


Saludos Enfermos.


2 han opinado. ¡Da click y hazlo también!:

la MaLquEridA dijo...

Interesante relato eso si prefiero leer libros normales :) Soy modelo antiguo.

{{El Diablo}} dijo...

Malquerida: A mi también me gusta mucho más leer en físico, aunque me adapto a las nuevas tecnologías; todo sea por continuar alimentando al espiritu.


Saludos Enfermos.