domingo, junio 30, 2013

8.5


El viernes exorcicé un demonio con el que tenía cuentas pendientes desde hace más de diez años.

Pero empecemos por donde se debe: el comienzo. Siempre fui pésimo para matemáticas, desde que tengo memoria; pese a que siempre he sido muy analítico y lógico, por alguna extraña razón el ver todos esos números y signos producía en mi un bloqueo cabroncísimo y un pánico que rayaba en lo inexplicable. No sé cómo carajos hice para librarla en la escuela después de pasar por tantos exámenes finales y extraordinarios; arrastré la materia durante muchos semestres, nunca sacaba más de 6 (¡cuando aprobaba!), y el día que por fin conseguí deshacerme de ella, decidí enterrarla en el baúl de los recuerdos que no quería volver a tener a la mano nunca más.

Sin embargo, este año la pesadilla regresó. En la agencia para la que trabajo establecieron que, para hacernos acreedores al bono trimestral que se nos estaría entregando en base a desempeño, uno de los requisitos es presentar una serie de exámenes. El primer trimestre fue de Redacción y ortografía, Excel, y...Matemáticas. Los dos primeros los pasé sin problema. En Redacción y ortografía tuve 9.3 gracias a una coma que según yo sí iba y según quien calificó el examen estaba de sobra, y en Excel tuve 10; obtener resultados menores a esos hubiera sido vergonzoso tomando en cuenta que la primera es una cuestión que domino perfectamente (por arrogante que se lea) y la segunda es a lo que me he dedicado todos estos años. En Matemáticas tuve 5.5, y ahí fue donde se reavivaron los recuerdos, la desesperación, esa angustiante sensación de saber que en clase todo iba bien y a la hora de presentar un examen me paralizaba sin saber para dónde tirarle, como si fuera un ratón frente al hipnótico sonido de la cola de una cascabel.

No fui el único en esa situación; varios de mis compañeros de área reprobaron también, y mi jefe tuvo la iniciativa buena onda de darnos un curso de la materia para que pudiéramos presentarla exitosamente en este nuevo periodo. Durante los últimos tres meses pasamos una hora casi todos los viernes repasando Aritmética apoyándonos en el míticamente pesadillezco Baldor; el jueves tuvimos una última clase de tres horas, y el viernes por la mañana tocó examen: las diez preguntas de rigor, mas una de rescate.

Cagados de nervios estábamos todos a eso del mediodía, cuando mi jefe comenzó a calificar las pruebas, y peor andaba yo después de darme cuenta de que había fallado en mínimo tres problemas, uno de los cuales tenía bien y luego, al "corregir", eché a perder; nuevamente la frustración y el auto-reproche hacían presa de mi. El güero, un buen compa de la oficina, estaba al pendiente; repentinamente, me llegó por inbox un mensaje suyo diciendo "¡saqué 11 pendeja! ¡sube, ya están calificando!" y ni tardo ni perezoso, ahí voy en chinga dos pisos arriba para ver qué había sucedido. Recién llegué, mi jefe me tendió la hoja al tiempo que decía "¿no que no se podía, Danny?" y mis ojos se abrieron al máximo buscando con ansias el número. "¿Dónde está, dónde...?" me preguntaba, cuando logré verlo, y no pude evitar que mi mano temblara al sostener el examen y leer el 8.5 que resaltaba entre el revoltijo de números mal acomodados y borrones. Esos dos dígitos con el punto enmedio implican que no tendré (según el reglamento) que presentar el examen el próximo trimestre dado que estoy excento, y significaron también la borrachera que me puse esa noche con mis amigos, por el puro gusto de festejar y de convivir con ellos.

Llegué a casa a las cuatro de la mañana, feliz, radiante como estuve todo el día después de saber mi calificación. No pude evitarlo: pese a que traía mis llaves toqué el timbre a propósito para despertar a mi mamá; no podía esperar a la mañana, tenía que decírselo en ese preciso instante. Abrió la puerta y, antes de que la expresión de sorpresa y enojo en su rostro se cristalizara en palabras, la atajé y le conté lo sucedido.

Ya nunca más volveré a sentirme como un imbécil porque no podía resolver el problema matemático más sencillo que me pusieran enfrente. Esta es la pequeña retribución hacia ella por todos los sinsabores que le di cuando reprobé tantas veces esa materia, es el pequeño paliativo a las decepciones que le causé, y así se lo hice saber, ebrio como estaba, cuando la abracé y me solté llorando en su hombro, eufórico y feliz como si hubiera ganado el Superbowl o hubiera conseguido algo así de grande. 

No fue un examen oficial ni mucho menos, no fue un examen de cálculo o alguna de esas mierdas extremadamente avanzadas y complicadas, pero ese 8.5 es MI número. Ese 8.5 es mi redención, yo lo hice y es el orgullo de saber que el apoyo de las personas que creen en mi y mi propio esfuerzo pueden llevarme a lograr lo que sea, por más cabrón que aparente ser el panorama. Es mi victoria, y nada ni nadie me la puede arrebatar.







Now Playing: You'll never walk alone - Gerry & The Peacemakers


Saludos Enfermos.


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la MaLquEridA dijo...

¡Qué padre! Felicidades por tu 8.5, ¡bien!

Master of Doom dijo...

Muchas felicidades Kbrw!!! Es tu calificación por tu esfuerzo. Me recordó el capitulo en el cual Bart Simpson se esforzó por aprobar el curso de historia americana y al final lo logro por demostrar conocimientos mas allá del curso solicitado cuando ya estaba derrotado.

GAVIOTA dijo...

holaaaaaaaaaaaaaaaa GUaaaaaaaaaaaaapooooo!!
Me da gusto saber que pudiste con ese reto, eres toda una canija bala...
Muchos días de estos.
mmh!
tengo que verte para darte un abrazote, jejejeje!

Bere Mendoza dijo...

Creo q tu reacción lo dijo todo y sin duda aunq ya hallan pasado varios años atrás tu mamá ha de haber sentido eso como logro propio jaja besos chiquillo!! ;)

Daniel Mendez dijo...

Malquerida: ¡Gracias!

Master: Gracias mi estimado...jaja, yo también me acordé de ese capítulo.

Gaviota: ¡Hola guapa! muchas gracias, y sí, ya hay que agendar una turisteada chida como la de aquella vez.

Bere: Pues parece que sí, creo que se quitó un poco ese peso de encima. Gracias por el apoyo de siempre, besotes de regreso chiquilla.



Saludos Enfermos.