miércoles, junio 12, 2013

Madera de navegantes


-Lo primero que tiene que aprender un armador de canoas es a mirar. Está frente a tus ojos.

Solo entonces, Quetza reparó en el tronco. Era una madera de forma tortuosa y aspecto deslucido. Percibiendo la decepción de su aprendiz, Machana le hizo notar que un buen naviero, antes que el tronco, debía ver la canoa que él contenía. Pero además de su forma caprichosa y compleja, a Quetza le resultó una madera mucho menos vistosa que las que usaba a diario. Entonces el viejo le dijo que, aún antes que la nave y el tronco, un armador debía aprender a ver la madera que se escondía bajo la corteza.

El viejo Machana se incorporó, arrancó un pedazo de cáscara negruzca y ajada y, como si acabara de abrir una caja que contuviera un tesoro, apareció una madera dorada, suave y de una textura tan lisa como la superficie del lago.

-Es un cacayactli, vale más que el oro. No existe otra madera igual para construir canoas. Es tuyo -le dijo al tiempo que le extendía una cuña de obsidiana-, quiero que me muestres el barco que oculta el tronco.

Fueron cuarenta jornadas de trabajo arduo. Quetza pasaba el día tallando, ahuecando, puliendo y midiendo. A la noche, exhausto y con las manos ampolladas, se dormia pensando en su canoa, soñaba con ella y se levantaba al alba para volver a poner manos a la obra. Trabajaba en soledad dentro de una tienda en la que el viejo dejaba secar los troncos; vigilaba con escrúpulo que nadie viese su barcaza hasta que estuviera completamente terminada.

Al cabo de esos cuarenta dís de trabajo, Quetza salió por fin de la tienda. Agitado y sudoroso, llamó a Machana y lo invitó a ver la obra. El viejo, en silencio, caminaba en torno a la canoa pasando la palma de su mano por la superficie. Se sintió homenajeado. Era una embarcación como nadie antes imaginó: la quilla, dorada y pulida, tenía la terminación de la piedra. Sobre el casco había un habitáculo de junco enlazado y, debajo, un depósito para guardar vituallas. Los cuatro remos podían fijarse al casco mediante trabas y se accionaban desde dentro, sin que los remeros tuviesen que asomar los brazos. Sin embargo, Machana no podía dar un veredicto antes de probarla. Sólida y a la vez ligera, la botaron al lago y, al abordarla, la sintieron estable, segura y acogedora. Remaron de forma acompasada y comprobaron que era veloz y muy dúctil. Luego de dar una vuelta completa a la isla, como si lo hicieran en el aire y no en el agua, regresaron, desembarcaron y se quedaron de pie en tierra contemplándola sin hablar. Quetza supo que el mutismo de su maestro era el mejor veredicto que podía esperar.

Entonces, sin decir palabra, amarró la canoa, giró sobre sus talones y se fue. Ya había aprendido todo lo que debía saber.

Machana guardó silencio y Quetza, mientras se perdía en el follaje, supo que el viejo aceptaba el regalo. Era hora de que tuviese su propia canoa. Ya tendría tiempo el discípulo para armar su barco.

Toda una vida.





El conquistador, Federico Andahazi, 2006



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Now Playing: Baby, I love you - The Ramones


Saludos Enfermos.


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Master of Doom dijo...

Chingo relato. Excelente tactica desplegada, das una probadita gratis para despues engancharnos al vicio de la lectura. ^_^

GAVIOTA dijo...

oops! Vaya sorpresa... extraño al guerrero, pero igual se ve bien.

Tus copylefts me shutaron!
je

Daniel Mendez dijo...

Master: ¡Y espera a que lo leas completo!

Gaviota: Hubiera querido conservar al guerrero, pero no se adaptó al nuevo layout; con todo, llegó uno de sus cuates a hacerle el quite en el quinto slide. Sobre los copyleft/right...ya sabes, uno tiene que defender lo que es suyo, aunque sea con amenazas infantiles.



Saludos Enfermos.