martes, julio 16, 2013

Dedos de luna


Últimamente traigo una nostalgia cabroncísima por mi abuelito Manuel, padre de mi mamá, fallecido hace...creo que ya no recuerdo cuántos años, en todo caso no deben ser más de diez. Hace un par de sábados soñé con él; llegué muerto de cansancio de andar tomando fotos en la Alameda como parte de una práctica de donde estudio fotografía, prendí el radio y me tumbé en el sofá sin siquiera sacarme la mochila o la chamarra. Se escuchaba El Fonógrafo, estación favorita de mi mamá, cuando me quedé profundamente dormido.

En el sueño, estábamos mi abuelito y yo en un concierto de artistas mexicanos de los que le gustaban: Vicente Fernández, Juan Gabriel, güeyes así. Creo que estaba cantando el Juanga cuando tuve ganas de ir al baño; me levanté de mi asiento, voltee a verlo para avisarle que regresaba en un momento, y lo encontré llorando. Al preguntarle por qué, me respondió "es que perdí el triplay" (él era carpintero); lo abracé y le dije "no te preocupes, al rato compramos otro". Acto seguido me miró, al tiempo que me decía "¿verdad que soy tu abuelito Manuel?", y yo le respondí con lágrimas en los ojos "siempre lo vas a ser".

Las lágrimas me siguieron fuera del sueño: desperté llorando, tardé un buen rato en calmarme. Me sorprendió darme cuenta de que sollozaba como cualquier escuincle al que le hubieran quitado su dulce. Tras tardar unos minutos en tranquilizarme, me quedé pensando en que, a tanto tiempo de su muerte, no la he logrado superar del todo. Sigo teniendo todos esos bellos recuerdos que, por alguna patética razón, asaltan mi mente cuando más vulnerable está: en plena cruda (aunque no siempre; esto ha tomado cierta frecuencia en las últimas semanas). Se arremolinan los momentos bonitos, las palabras, la convivencia que hubo prácticamente desde que nací. También aquellas situaciones en que tuvimos los roces típicos de cualquier relación intergeneracional, por los cuales le pedí perdón en su cama de hospital sin siquiera mediar palabra, simplemente recargando mi cabezota sobre su pecho y soltándome a llorar porque no quería que se fuera, aún cuando me resistí cuanto pude. Sentí su mano sobre mi cabello y sus palabras resonando en mis oídos: "no pensé que fueras a llorar tanto por mi". ¿Y qué esperaba, señor? si cuando yo era bebé y me le vomitaba sobre el suéter él solamente se reía, si la única vez que me dio una nalgada por portarme mal me dolió en el alma y no en el trasero. Si todas esas veces que él mataba los conejos y pollos que criaba para que comiéramos me dejó ayudarle y me enseñó a perderle el miedo a la sangre y a entender que al final de esta vida todos seremos consumidos por una especie dominante (como les pasaba a aquellos animales) o por una puta enfermedad que te lleva a la mierda en un mes (como le sucedió a él), ¡y qué bueno! porque así, el jodido cáncer no tuvo ocasión de causarle el sufrimiento que usualmente provoca en sus víctimas.

No me gusta ir a su tumba porque no creo en eso de hablarle y dejarle flores a un pedazo de mármol. Prefiero guardarme todo lo genial que hubo, atesorarlo siempre, aunque de vez en vez duela. Los recuerdos son, al final, más poderosos que un mausoleo o una lápida; ellos nos hacen tener presente quiénes fuimos y quiénes somos ahora, a quiénes hemos amado siempre, sin importar cuánto intentemos sacarle la vuelta al dolor de la ausencia para convertirlo en una sonrisa de ojos húmedos..





Repentinamente, casi a punto de cerrar este post, me vino a la memoria un cuento que leí cuando estaba en primaria, en el libro de texto. Algunas ocasiones llegué a recordarlo vagamente, pero el sábado la memoria lo rescató casi por completo del sótano donde se quedan las cosas que uno ya no usa, y no me resistí a la idea de buscarlo en la red. Afortunadamente lo encontré, ¡y qué manera de encontrarlo! scanneado del libro de la escuela, y también la versión original, sin los pequeños recortes originados por la adaptación al mencionado libro. En ese orden, pueden encontrarlos acá, y en este otro link. No dejen de echarles un vistazo...y si tienen niños, compártanselos. Quizás dentro de muchos años, recuerden ese mismo texto un día de resaca, sientan ganas de leerlo nuevamente, y sonrían agradeciendo la fortuna de haber conocido a sus abuelos.






Now Playing: Deukalion's big floods - Seiji Yokoyama


Saludos Enfermos.

2 han opinado. ¡Da click y hazlo también!:

la MaLquEridA dijo...

Voy a leerlos.

No llores por tu abuelo, mejor sonriele.



Beso

Daniel Mendez dijo...

¡Claro que sonrío! pero a veces el sentimiento es demasiado intenso y ni pedo, hay que resignarse a que uno también siente y le dan ganas de llorar.

Espero te gusten los libros, beso de regreso.



Saludos Enfermos.