jueves, septiembre 26, 2013

Sexta edición de Avándaro en el Martí


Cuando menos idea tienes sobre qué hacer para matar el día, es cuando las oportunidades más disfrutables aparecen. El 21 de septiembre andaba de pata de perro como a mediodía en el centro; se suponía que iría a cierto museo al que le traigo ganas desde hace un tiempo, pero al pasar cerca del metro Hidalgo, frente a la iglesia de San Judas Tadeo, algo atrapó poderosamente mi atención (y no, no fue el olor a mona ni las simias que seguro estaban perreando ahí adentro): unas bocinas al otro lado de la avenida lanzaban inconfundibles sonidos rockanrolleros sesenteros, y, como a los lemmings del cuento aquel, me llevaron hacia el foco de tan encantador escándalo.

En la explanada del Centro Cultural José Martí, alrededor del mediodía, una peculiar banda de rock hacía de las suyas. Se llaman Papa's Son y, pese a que cualquiera de ellos rebasaría los 65 o quizás los 70 años de edad, le echaban unas ganas que cualquier banda de chavitos envidiaría. El vocalista intercalaba toda su energía y prendidez con la voz del bajista (quien, dicho sea de paso, traía un slap buenísimo) para rifarse clasicazos como Blue suede shoes, Honky tonk woman, La grange, Roadhouse blues o Johnny B. Goode, mientras la gente se congregaba poco a poco alrededor de ellos, atraída por la curiosidad que despierta ver a tan poco usuales personajes rockeando con tal maestría.




Tuve la intención de seguir mi camino hacia el museo en cuanto Papa's Son terminó su actuación, pero decidí quedarme después de leer la manta que anunciaba el evento, colgada de uno de los muros del Martí: se trataba de la sexta edición de homenaje al Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, que por estas fechas conmemora 42 años de haberse celebrado en aquel mítico otoño de 1971. Planeado originalmente como un evento automovilístico al que se invitaría a doce bandas para amenizar y poner el ambiente, terminó convirtiéndose en EL referente del rock por excelencia en nuestro país, mucho antes de que existieran Viveslatinos, Coronafests y demás mamaderas pseudorockeras nacionales. Llegó a ser llamado, y sin sonar tan disparatado como podría pensarse en primera instancia, el "Woodstock mexicano".

En Avándaro la juventud dio rienda suelta a la búsqueda de una identidad que trataba de encontrar desde hacía tiempo y con cierto atraso respecto a otros países donde el rock y su espíritu de rebeldía ya habían hecho contacto con las mentes jóvenes, cambiándolas para siempre. La chaviza mexicana venía de haber recibido unas infames y desleales patadas en el culo por parte de nuestro amado papá gobierno el 2 de octubre de 1968 y el 11 de junio del mismo 1971 en el famoso e igualmente deleznable "halconazo". Así las cosas, el festival resultó un perfecto desahogo para toda la frustración, rabía e impotencia que embargaba a gran parte de la sociedad mexicana (pero se canalizaba a través de sus elementos más jóvenes, como suele suceder en esos casos). El recorrido hasta Valle de Bravo en camión o pidiendo ride, el campamento que formaron aproximadamente 200,000 almas ansiosas de libertad, las chelas, los pistos, la mota, la legendaria encuerada que se inmortalizó a través de sus bellos atributos naturales y su inhibición. El rock hecho como debe ser: por la clase obrera y desde abajo, contestatario, inconforme, rasposo, sucio, erótico y hasta pornográfico. Fue una pena que, debido al impacto del festival, las autoridades "competentes" decidieran cancelarlo para no volver a repetirse jamás; aunque por otra parte, esta medida fascistoide sirvió para alimentar aún más la leyenda e inmortalizar la tocada en el imaginario colectivo de nuestro país.

No exageré cuando dije, líneas arriba, que la rebeldía del rock cambió para siempre a los jóvenes de aquel entonces. La prueba fue, retomando el tema principal de este artículo, la congregación de nostálgicos que estaban alrededor mío. Todos lo disfrutaban en grande: los cuarentones (y los de más edad también) que recordaban aquellas épocas de desenfreno ahora acompañados por sus hijos o incluso nietos, los teporochitos que bailoteaban al ritmo de los riffs totalmente en su pedo y sin molestar a nadie, los curiosos que nos quedamos atrapados en ese breve viaje en el tiempo descubriendo cosas que quizás a las generaciones anteriores de nuestras familias les gustaron y que, gracias a bandas como las dos que se presentaron después de Papa's Son, no se quedan en el olvido.

Enigma tenía un encargo especial además de deleitar a los escuchas: homenajear a Pablo Cáncer (se hacía llamar así porque cada uno de los integrantes de la banda cambió su apellido por un signo zodiacal, no porque sufriera la enfermedad homónima), vocalista fundador de la banda que falleció en abril de este año y que, para las presentaciones actuales, es sustituido por su hijo. Emotivamente tocaron No tengo nada, 69, El llamado de la hembra, Sweet home Chicago y Bajo el signo de Acuario, rola favorita del fallecido y coreada con ganas por los asistentes previo a la presentación de la banda estelar.






Tinta Blanca fue la única banda de esa tarde que estuvo presente en el Festival de Rock y Ruedas Avándaro y, por lo que pude apreciar en los documentales que consulté para empaparme más en el tema y no cagarla a la hora de redactar este texto, parecieran ser todavía chamacos de veinte años; por lo menos los dos cantantes y el tecladista, únicos miembros originales de la banda (el batería, el guitarrista, y el bajo completan esta banda intergeneracional de un modo más que satisfactorio). Ambos vocalistas hacen gala de un carisma innato bailando, animando al público, incluso peleándose un tanto cómicamente por el micrófono para ver a quién le toca cantar la siguiente pieza. Una vez puestos de acuerdo (o casi) sobre quién tendría la voz principal, se rifaron con deliciosos covercitos a rolas de la talla de Jumpin' Jack Flash, Summer in the city o Vehicle para cerrar una tarde repleta de rock, baile, olor a activo, calor, sudor, recuerdos para algunos y descubrimientos para otros.






Vale la pena asistir a este tipo de eventos, pese a que muchos de ustedes, queridos y precavidos lectores, probablemente dudarían en hacerlo dado que la mayoría se realizan en colonias populares donde es fácil exponerse a un buen susto. Sin embargo, de verdad, ¡no teman! que solo Judas...bueno, el punto es que la banda teporocha es muy tranquila, incluso una amiga mía que le cayó por allá en cuanto le avisé que estaría tocando Tinta Blanca se coló así sin más hasta adelante para ponerse a bailar con quien se dejara, siendo el ganón un tipo que andaba con su monita en la mano y que, debo puntualizar, jamás fue impertinente con ella ni le faltó al respeto. El próximo sábado habrá una tocada-tributo al gran Rockdrigo González en el mismo Centro Cultural José Martí, y el 5 de octubre, en Tacubaya, un homenaje a la legendaria (pero no tan conocida) banda de punk Los Panchitos. Dense la oportunidad, sáquense de encima el prejuicio y vayan a verlos. Les apuesto una ronda de chelas a que les va a gustar. Chéquense las fotos en este enlace.




¡Por cierto! este artículo lo podrán encontrar también en la cuarta edición de Bindi (en una versión políticamente correcta, claro está), correspondiente al mes de septiembre, y en cuyas diferentes secciones podrán disfrutar de contenido representativo de la idiosincrasia mexicana. ¿Que qué tiene que ver eso con el rock? niños, ¡es Avándaro! Quizás, después de adentrarse un poco en el verdadero significado del género, el rockcito mexicano que nos dan ahora termine por parecerles un cachivache insípidamente rebajado, perfectamente comercializable entre güeyes posers con rastas, bandita en la cabeza y lentes de pasta (a ver a qué les suena la descripción).



Now Playing: Fight at bar (extended version) - The Dust Brothers


Saludos Enfermos.


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