sábado, febrero 01, 2014

Un pequeño satélite en el cielo


Siempre hemos tenido perros en casa y, obviamente, algunos de ellos se han tenido que ir conforme lo dicta el ciclo natural de la vida; sin embargo, no recuerdo una situación en la que haya contemplado la partida del animalito con total conocimiento de lo que pasaba, ya fuera porque era muy joven y no presencié el asunto en su totalidad, o porque he estado ocupado y no me he encontrado presente. Sin embargo, anoche sí lo viví al 100%.

La perrita se llamaba Camila, aunque yo la rebauticé cariñosamente como Satélite porque cada vez que la veía se la pasaba dando vueltas alrededor, siempre en círculos, como una pequeña y blanca luna. Nos conocimos hace un par de semanas y convivimos poquito; sin embargo, tuvo la facilidad de ganarse mi simpatía y después mi cariño. Era viejita, contaba ya dieciséis años y muchos achaques producto de su misma edad. Últimamente estaba muy vivaracha; sin embargo, el tiempo, sabio verdugo, cobró su factura como usualmente lo hace y terminó por desgastar aún más a su organismo. Acompañé a su amiga humana al veterinario para ver en qué condiciones se encontraba la perrita y, tras el doloroso veredicto de la doctora, se llegó a la conclusión de que lo mejor era dormirla para evitarle cualquier sufrimiento degenerativo.

Mantuve mi distancia por respeto a la privacidad de ellas dos, pese a que estaba dentro de la misma área donde se inyectaría a la perrita, y procuré darles el espacio pertinente. Entre palabras tiernas y emotivas, lágrimas humanas y quietud canina, me quedé de pie a un lado esperando a que llegara el momento en que ambas se despidieran por última vez cuando, en algún punto, ella me miró. Los ojitos de Camila se encontraron con los míos por un instante; yo lo sentí como un "adiós, tipo que acabo de conocer" de parte de ella, y un "adiós, pequeña" de parte mía. Duró apenas un par de segundos, pero fue tiempo suficiente para que mi mandíbula se apretara, mis orejas se pusieran calientes y se formara un nudo en mi garganta. Aún así, me aguanté porque ya había suficientes lágrimas en esa habitación y después de todo, en este tipo de cosas alguien debe mantenerse ecuánime y dar apoyo y consuelo.

Nunca vi a nadie despedirse con tanto amor de un animalito, ni siquiera a mi hermana o a mi mamá las vi llorar así cuando Marilyn (la schnauzer que tuvimos antes de Gala) se fue. Lo de ayer dejó una huella muy profunda en mi: me partió el alma ver las lágrimas y el dolor de una persona tan importante en mi vida y no poder hacer nada al respecto, y me hizo recordar que tengo una de las bendiciones más grandes en mi propia casa y andando a cuatro patas. Me consta que Camila fue muy amada; desearía que todos tuviéramos la misma oportunidad de entregarnos a un amor tan puro como el que se puede dar entre un perro y un humano. Ojalá quienes ya tenemos un animalito en casa seamos siempre conscientes y constantes de la felicidad que ellos irradian, de lo contagioso que es su cariño, del bálsamo que representan cuando uno llega a casa después de un día pesado y se encuentra con esa cosa peluda tumbada de panza para que uno la rasque y haciendo payasadas para cambiarnos el semblante. De lo afortunados que somos al poder convivir con otras especies y tener la sensibilidad para entenderlas y amarlas.






Now Watching: War horse


Saludos Enfermos.


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Hilda Aleman dijo...

Gracias por estar ahi :(

Daniel Mendez dijo...

Siempre que así lo quieras.


Saludos Enfermos.