viernes, abril 25, 2014

Cuetzalan, la verdadera cuna de los voladores





En febrero me lancé a Cuetzalan, un pueblito localizado en la sierra de Puebla, a un pequeño viaje para festejar el 14 de febrero con Hilda (ya, todos sabemos que el 14 de febrero es una cursulería, pero aceptémoslo...¿quién no disfruta ese tipo de cosas cuando está enamorado?). Supe de ese lugar gracias a mi amiga Mely, quien me lo recomendó un día que estábamos platicando acerca de las cosas chidas que hay en su terruño (ella es poblana). Yo tenía ganas de lanzarme a algún pueblito de montaña como Tapalpa o Mazamitla, en Jalisco, pero considerando que el tiempo de recorrido hubiera sido bastante mayor, terminé decidiéndome por proponerle a ella esta nueva opción, y allá fuimos.

Fueron seis horas de camino desde la TAPO hasta allá, incluyendo los últimos sesenta minutos del trayecto en que tuvimos que alternar el único carril que nos subía a la sierra con los vehículos que venían en contrasentido. Cuando por fin llegamos, un calor húmedo de los mil demonios, digno de lugares como Taxco o (me atrevería a decir) del mismo Acapulco, nos recibió de sopetón mientras empezamos a recorrer sus empinadas calles desde la terminal de autobuses hasta el hotel en que teníamos reservación. En el camino, varios chicos de entre 7 y 15 años se ofrecieron a guiarnos al mismo, a conseguirnos transporte, a cargarnos las maletas o cualquier cosa que representara unas monedas para ellos, hábito que comparten la mayoría de los habitantes del lugar (en cuanto a querer venderte lo que sea) y que, sin tomarse a mal por parte de ellos pese a que en ocasiones son insistentes, pone de manifiesto la pobreza en que un chingo de nuestros pueblos se encuentran sumidos. Pero bueno, como decía, nos dirigimos al hotel. Es bonito, rústico, muy apacible y con un cierto toque hogareño; se llama El Encuentro y sus administradores son muy amables, tanto que, pese a que la habitación que reservaron para nosotros se encontraba en el centro del edificio, accedieron a cambiarla por una con balconcito y vista a las pintorescas calles empedradas, los techos de teja roja y la sierra.

Eran casi las seis de la tarde cuando salimos a buscar algo de comer, y el restaurante Yoloxochitl (que significa Flor del corazón) llamó mi atención, resultando el elegido. Es un lugar bonito, decorado con los elementos necesarios para hacerte sentir el calor de hogar que cualquier restaurante tradicional que se precie de serlo te inspirará; sin embargo, la comida y el servicio dejaron un tanto qué desear. Aún habiendo pocos comensales los meseros tardaban eternidades en atender (¿o sería mi hambre lobuna la que hacía parecer eterno al tiempo? quién sabe...), y la comida, dispuesta bella y ordenadamente sobre platos de barro, no superó, por ejemplo, a los puestecitos de garnachas que abundaban en las calles del centro y que daban la comida baratísima y con un sabor de "¡no mames, creo que estoy teniendo una orgía de sabor justo enmedio de la boca!". Por ejemplo, los tlayoyos y los molotes (distintos a los de Puebla capital) que son cilindros de masa rellenos de pollo o queso y que se pueden comprar a veinte pesitos la docena; el chilpasontle, que es parecido al mole de olla pero se le agregan especias que, por desgracia, en este momento no recuerdo. En el tianguis de los fines de semana uno puede encontrar desde la clásica garnachería mexicana, hasta tacos de pastor al carbón, una delicia que no creo que sea muy fácil de encontrar. Hilda me regaló unos puros deliciosos que encontramos en un puestecito de ese mismo tianguis super baratos (40 pesitos la bolsa con cuatro) y delicioso café orgánico. Elotes, esquites, incluso tamalitos oaxaqueños que, en combo con el obligatorio vaso con atole, costaban 12 pesos. El paraíso de los tragones, sin duda alguna.


Los benditos, deliciosos y ultra-baratos molotitos.


Turísticamente Cuetzalan es una maravilla, aunque como cualquier lugar, tiene sus cosas no tan padres, como el que no se permita tomar fotografías en la Casa de Cultura o que se vendan artesanías, principalmente de cestería, confeccionadas con varas de jonote y otras especies que están en peligro de extinción y deben ser protegidas. Fuera de ello, todo está de ensueño: el pueblito es chico, muy sencillo de recorrer; a mi me tomó un par de horas caminar por las calles siempre empedradas e inclinadas desde el hotel en el centro hasta la punta del cerro (literal), y luego todo para abajo, hasta donde el caserío termina y comienza la carretera que enlaza hacia el siguiente poblado, para después subir todo sudoroso y agitado nuevamente hacia el centro. Además, cuenta con atractivos naturales dignos de pasarse por lo menos un par de semanas intentando conocerlos todos. Hay muchos cuatitos en el centro que ofrecen a los turistas distintos paquetes de recorridos a grutas, cascadas y zonas arqueológicas. Sin embargo, no se ven tan pro porque están ahí nada más parados en el zócalo con un bonche de fotos de los lugares a visitar pero no dan detalles o especificaciones de lo que uno puede encontrar y las condiciones del recorrido; todas parecían más de lo mismo hasta que nos encontramos con Rutas todo Cuetzalan, quienes, además de ofrecer una amplia variedad de opciones que se adecuan a las necesidades y deseos del visitante, manejan precios bastante accesibles y tienen excelente dominio de su chamba.

Elegimos un tour que nos permitiera recorrer el pueblito tranquilamente, sin nada de aventuras extremas (recorridos pecho tierra dentro de las grutas, nado dentro de lagunas y cascadas, rappel); se llama Paque-no-te-canses e incluye una visita a la Cascada Las Brisas, a las Cavernas de Chivostoc, al Valle de las piedras encimadas, al taller de telar de cintura, y al taller de cera. Y como todos esos atractivos tenían que visitarse desde tempranito para ser aprovechados al máximo y esa noche de nuestra llegada teníamos ganas de salir, nos chutamos también el City Tour Nocturno, que consta de un recorrido por los principales puntos históricos y religiosos (ni pedo, eso nunca falta) además de interesantísimos relatos por parte del guía para amenizar el camino. Así, nos enteramos de que, por ejemplo, el nahuatl que se habla en Cuetzalan es ligeramente distinto al de Veracruz o al que se hablaba en Tenochtitlan; de que, pese al calor infernal que nos recibió a media tarde, el clima es muy cambiante y puede sacarnos del sauna para sumergirnos en una lluvia torrencial. Que Cuetzalan es un pueblo muy tranquilo, sin problemas de narcotráfico ni autodefensas, que vive del turismo, de la venta de café tanto para consumir como en forma de artesanías hechas con su grano. Que es un pequeño escenario serrano lleno de sorpresas, de las cuales disfrutamos apenas unas cuantas al día siguiente.


El resto de las fotos, aquí.


El Valle de las piedras encimadas, cuya belleza contrasta con la veracidad de su nombre, ya que en realidad no se trata de piedras colocadas una sobre otra, sino de formaciones rocosas de una sola pieza originadas por la erosión que, hace miles o tal vez millones de años, el agua que cubría la región ejerció paulatinamente, hasta dejar descubierto ese tramo de tierra. Se aprecian formas caprichosas: algunas son de animales, otras de rostros que parecen emerger del llano; unas cuantas más surgen caprichosamente salpicando la escena, y todas, en conjunto, terminan por ofrecer una bella entrada hacia nuestro siguiente destino.


Galería completa


Chivostoc, conocida también como La cueva del Diablo (ñaca ñaca), es una gruta interrumpida a la que se accede a través de un pequeño claro que se encuentra dos o tres metros por debajo del nivel de la superficie, tras el cual se encuentra la entrada a una bóveda incrustada en la tierra a unos veinte metros, a ojo de buen cubero. Es tan pequeña porque, según comentaba el guía respecto a las piedras que aparecen al fondo dispuestas como si hubiera habido un derrumbe, es probable que haya sido utilizada como paso por los revolucionarios de principios del siglo pasado y dinamitada después para cortar la ruta de escape. Además, tiene el encanto de estar llena de leyendas: desde las figuras que se pueden apreciar entre sus muros cavernosos entre sombras y los "vigilantes" que se encuentran fuera de ella, hasta la tradición de llamar a tu alma diciéndole "Ya vámonos" una vez que te encuentres fuera, porque se cuenta entre los lugareños que si no le recuerdas irse contigo, puede quedarse atrapada ahí por los siglos de los siglos amén.


¡Ay amachiiita! pícale aquí para ver qué más hay


La Cascada Las Brisas es, quizás, la más comercial de todas las que hay en la región, debido a que los habitantes del pueblo la agarran de balneario, mercado y hasta de lavadero; sin embargo, su belleza es innegable, además de que ese día, por fortuna, nos tocó encontrarla relativamente vacía. Es una delicia meter los pies en esa agua tan helada y pura (nada más háganlo con chanclitas, porque si se la avientan a la brava como su servilleta se van a acordar de cada grano de arena o guijarro durante un buen rato).


Precioso paraje; mira el resto entrando aquí.


¡Vayan y conozcan este paradisíaco lugar! vale la pena sacarse un poco de encima la mugre y el stress de la ciudad e internarse en un pueblo mágico que tiene tantos secretos guardados y esperando a ser descubiertos por el visitante. Si este post les ha parecido largo, déjenme decirles, queridos lectores, que no es absolutamente nada en comparación con todo lo que se puede conocer y narrar de aquellas tierras; por ejemplo, ¿sabían que el nombre original del pueblo era Ketzalan, que significa "Tierra de quetzales", y luego cambió a Cuetzalan, "Tierra de plumas brillantes"? ¿o que los voladores de Papantla no son de Papantla, sino de este paraje enclavado en la sierra y que, tras una invasión de los nahuas a estas tierras totonacas, emigraron al Tajín, de donde partió su fama? ¿o, por ejemplo, que dicha danza tiene un intrincado trasfondo?


- ¡Neta! sigue leyendo...


Cada uno de los cuatro voladores que cuelgan del poste representa a uno de cuatro elementos; Norte, Sur, Este y Oeste; o bien, Primavera, Verano, Otoño e Invierno. El quinto, el que toca los tambores sentado en la punta del palo (sin albur) es el nexo entre todos ellos. Este palo, que tradicionalmente debe ser el tronco de un árbol, representa al inframundo y los voladores descienden sobre él en una alegoría del ciclo de la vida, pero esta no es la única interpretación que se le da; su descenso representa también la caída de las gotas de lluvia en tiempos de siembra, mientras el pantalón rojo que visten representa la sangre de la humanidad y la prenda superior, cruzada, las alas de un ave, igual que el penacho. Los espejos que portan reflejan la luz del sol, llevándola por todos los alrededores. Cada volador debe dar 13 vueltas, ya que, si mi curso de matemáticas avanzadas no falla, 13 x 4 son 52, y 52 x 5 son 365, abarcando así a todos los días del año, y esto representa un rito en busca de la fertilidad en la tierra. Y todo esto es posible admirarlo en la Plaza de Armas (no vuelvo a decir Zócalo en público ya que la palabra deriva de un error de dicción de hace muchos, muchos años, y no quiero seguir cagándola como hasta ahora), nada más que en eso nos falló, porque ese fin de semana había cambio de poder (puaj, la política ensuciando mi paseo) y tenían el lugar lleno de pasto, flores, un escenario y muchos lamehuevos listos para vitorear al nuevo cacique en turno. Ya será para otra ocasión; pero ustedes vayan, que seguro tienen más suerte. No pierdan ocasión y aprovechen que es fin de semana; no se arrepentirán.






Now Playing: The Godfather's theme (live) - Guns N' Roses


Saludos Enfermos.



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