lunes, junio 23, 2014

Segismundo


Un pajarito me dijo...

No, no me dijo nada, ni siquiera que lo rescatara, pero de repente se me antojó hacerlo. El miércoles pasado salí por un momento de la oficina para fumar mientras caía un aguacerazo de esos que nos han traído fritos los últimos días en la Ciudad de México; estaba parado ahí afuera disfrutando mi cigarro, sacándome los mocos y pensando en la inmortalidad del cangrejo, cuando vi una cosa pequeña caminando con dificultad sobre la acera mojada. Una rata, pensé en primera instancia; pero cuando me acerqué un poco descubrí a un pajarito que, ni tardo ni perezoso, recogí y abrigué doblando la parte inferior de mi playera para secarlo y quitarle un poco el frío.



Lo llevé a mi escritorio y, ya seco, lo dejé caminar un poquito para que se desapendejara, cosa que hizo muy bien, ya que en menos de cinco minutos se había cagado en el lugar de mi amigo Fischer y en el mío; sin embargo, no tardó en adaptarse y encontrar lugar sobre el teclado del teléfono hasta que llegó la hora de irme a casa y no supe qué hacer con él. Definitivamente no podía dejarlo en la oficina para que hiciera un cagadero y al otro día todo mundo me culpara (ya era del dominio público que rescaté al animalito y de hecho, se armó el bautizo express en Facebook, quedando como Segismundo gracias a mi amiga Cherrydoll) ni podía sacarlo a la calle así nomás, tembloroso y asustado como estaba. Fischer me prestó una caja de celular vacía, le saqué la tapa y la dejé nada más con el cartoncito que separa el teléfono de los accesorios; así me lo llevé a casa, ¡y aguantó bastante bien! para cuando llegamos, mi mamá ya tenía lista una cajita de cartón, algunos periódicos, y cambió mi idea original de darle alpiste por la de molerle un poquito de pan y remojarlo en leche, porque era un bebé y no podría partir las semillas para comer. Así se quedó toda la noche, y en la mañana que me dirigía al trabajo mi mamá me llamó para avisarme que el condenado había volado desde la caja al respaldo de un sillón que tengo cerca de la ventana; me dio mucho gusto pensar que a lo mejor en un día o dos ya podría dejarlo ir totalmente recuperado.


Por la noche, cuando regresé a casa, mi mamá ya lo había pasado a una jaula con periódicos, agua, y más pan remojado en leche. Estaba tapado con una toallita para que no le diera frío, y pensé que sería buena idea darle un poco más de comer para que no enfermara, decisión que reforcé después de ver varias caquitas sobre el periódico, señal de que sí estaba comiendo. Me empaqué una manzana, desmenucé el corazón de la misma con mis dedos y saqué a Segismundo de su jaula para darle de comer. Nada, el animalito ni siquiera abría el pico, pero no me preocupé porque piaba y se paseaba con sus garritas sobre mis dedos, llegando hasta a abrir las alas y revolotear un par de veces. Contento porque se veía mejor, lo volví a meter a la jaula, lo tapé con cuidado y me fui a dormir.




Al día siguiente, cuando nos asomamos a verlo, mi mamá dijo: "Tu hijo está muerto". Todavía con las lagañas a medio quitar solté un "¿Quéee?", y en efecto: el pobre Segismundo estaba tirado en el piso de la jaula, tieso y con sus patitas estiradas. Tal vez estaba demasiado adormilado todavía, pero no pude más que decir "Qué poca madre" al tiempo que sentí que hacía un puchero, recuperando enseguida la compostura y apurándome para bañarme y arreglarme, que se hacía tarde. Después lo enterré una maceta, y así terminó el pobrecito.

Me sentí muy frustrado, y me atrevería a decir que triste también; hubiera querido que se recuperara, agarrara fuerzas, se pusiera todo inquieto dentro de la jaula para que le devolviera la libertad y después dejarlo ir, aunque me haya encariñado con él. Lo contrario me hizo sentir como si no me hubiera esforzado lo suficiente para ayudarle, y no lo digo por azotarme o porque alguien diga "¡Ay, qué tierno eres, Daniel!"; no soy esa clase de güey. Simplemente, hubiera querido que viviera. Sin embargo, me consuelo pensando en que está mejor ahora, en que quizás no pudo volver a volar fuera de mi ventana pero al menos no murió empapado, o ahogado en un charco, o devorado por algún perro o gato que hubiera encontrado la cena gratis después de la lluvia.

Sus alitas se detuvieron, pero a cambio, ahora le dan vida a una planta que le va a hacer honor a su nombre: siempreviva.






Now Playing: Ojos de esperanza - Eros Ramazzotti


Saludos Enfermos.


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