jueves, agosto 14, 2014

Beatlemania


Ser fan de The Beatles no es cualquier cosa, aún cuando mucha gente lo considera un cliché. Implica mucho amor por el trabajo de estos cuatro genios (cosa que no es taaaan especial porque cualquier fan de cualquier cosa le encuentra lo maravilloso a su adoración) y un poquito de amnesia para dejarlos de lado a ratos, y sentir una emoción muy parecida a la de la primera vez que los escuché con atención cada que los retomo.

Algo así me pasó el otro día que abordé el camioncito Bicentenario para ir de la casa a la oficina; como últimamente se me quitaron las ganas de utilizar autífonos en la calle o en el transporte público, me di cuenta de que el chofer estaba escuchando a los cuatro genios liverpoolianos. Ese día me subí casi a las 9 de la mañana y pensé que tenía sintonizado El club de los Beatles de Universal Stereo, por lo que no tendría chance de disfrutar más de un par de canciones; para mi buena suerte no fue así, y todo el camino estuve escuchando de nuevo las rolitas que tanto me gustan y que, para no gastarlas demasiado, guardo para los momentos adecuados en que no ando todo acelerado y estresado o, al contrario, tan ahuevado que se me antoja más poner algo de Queens of the Stone Age para agarrar ánimos. 

La falta de costumbre de escuchar radio (o en este caso, música que no sea la que traigo en mi gadget de turno) me hizo olvidar lo emocionante que algunas personas encuentran el que cualquier locutor presente su rola favorita al aire, y esa sensación revivió potencializada en mi esa mañana mezclada con la de estar saltando a placer las líneas del tiempo, recorriendo toda una década y apreciando cada una de las etapas de mis cuatro ídolos en modo random. De Come together a Twist and shout y luego a Strawberry Fields forever; de la frescura e inocencia de principios de los 60's al ocaso de su carrera en 1969, después de regreso al parteaguas psicodélico de Rubber Soul y Revolver, y luego a la colorida explosión del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. Salía una rola y yo pensaba: "¡Ah, qué maravilla, ésta es la mejor!"; después venía otra, y mi mente exclamaba: "No, espera, ¡ésta es aún mejor!", y así se sucedían los pensamientos en medio de la mañana soleada, el tránsito tranquilo, las personas que canturreaban alguna que otra canción poniéndome de buen humor, y el viejito que abordó el camión a la altura de la Alberca Olímpica vistiendo una playera con una caricatura de ellos y arrancándome una sonrisa.

Cuando tuve que bajarme del bus (aunque no quería), me despedí de Julia y del ego desbocado de esos cuatro genios que apenas pudo ser contenido en el intitulado Álbum blanco. Y me sentí muy feliz, renovado, más enamorado de la música de The Beatles; como cuando uno pasa varios días sin ver a la mujer amada y de repente tiene un instante completo a su lado en que la disfruta como nunca.






Now Playing: Nobody knows you (When you're down and out) - Otis Redding


Saludos Enfermos.


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