miércoles, octubre 15, 2014

Catarsis


En casa, con ocasión de la Cuaresma, no habían guisado ni encendido el samovar, por lo que el día pareció larguísimo. Yakov Ivanich hacía ya mucho rato que había desenganchado el caballo, había mandado harina a la estación y en dos ocasiones se había puesto a leer el Salterio, pero todavía quedaba mucho tiempo por delante. Aglaia había fregado todos los suelos y, sin nada que hacer, se dedicó a ordenar su baúl, cuya tapa estaba toda ella adornada por dentro con etiquetas de botellas. Marvei, hambriento y triste, leía o se acercaba a la estufa holandesa para contemplar los azulejos, que le recordaban la fábrica. Dashutka dormía; luego, al despertarse, se fue a dar de beber a los animales. Cuando sacaba agua del pozo, se rompió la cuerda y el cubo cayó al agua. Un criado empezó a buscar un bichero para sacarlo. Dashutka, descalza y con los pies rojos como las patas de un ganso, le siguió por la sucia nieve, sin cesar de repetir que el pozo era más hondo de lo que podía alcanzar el bichero; pero el criado no parecía entenderla y, cansado al parecer, se volvió llenándola de improperios. Yakov Ivanich, que en este momento salía al patio, oyó que Dashutka le contestaba con una granizada de soeces insultos que solo había podido oír a los borrachos en la taberna.

-¿Qué dices, desvergonzada? -gritó, horrorizado-. ¿Qué palabras son esas?

Ella miró a su padre perpleja, con cara de estúpida, sin comprender por qué no se podían decir semejantes palabras. Yakov Ivanich quiso darle una lección, pero la chica le pareció tan salvaje e ignorante, que por primera vez se dio cuenta de que no tenía fe alguna. Y toda aquella vida en el bosque, entre la nieve, entre borrachos y blasfemias, le pareció tan ignorante y salvaje como la misma moza. Así que, en vez de reprenderla, hizo un gesto de desaliento y se metió en su habitación.

El gendarme y Sergei Nikanorich habían vuelto para hablar con Marvei. Yakov Ivanich recordó que tampoco estas gentes tenían fe alguna y que esto no les preocupaba en absoluto, y la vida le pareció extraña, insensata y oscura como la de un perro. Sin preocuparse de ponerse el gorro, dio una vuelta por el patio; luego salió al camino y echó a andar con los puños apretados. Empezó a nevar, el viento removía su barba y él no cesaba de sacudir la cabeza, sintiendo que algo le oprimía el cráneo y los hombros como si los diablos se le hubiesen subido encima. Se le figuró que no era él quien caminaba, sino una fiera, una fiera enorme y terrible, y que si lanzaba un grito, su voz se extendería como un rugido por todo el campo y el bosque, asustando a todos.




Un asesinato, Anton Chejov, 1895



Incluso el hombre más devoto, el más entregado a las convicciones y designios de dios, es propenso a liberar su verdadera naturaleza. Conozcan el desenlace de la historia de Yakov descargando el relato desde esta liga. Disfrútenla, y dejen salir a su verdadero yo de vez en cuando.




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Saludos Enfermos.


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