viernes, noviembre 21, 2014

Adiós, Don Pifas


Don Pifas era el dueño de una tiendita cualquiera en la colonia San Juan de Aragón. El miércoles por la noche, mi compa Joel me avisó que Don Pifas había fallecido; el tiempo, como pasa con todos nosotros, le pasó factura, y los 90 años que traía encima terminaron por pesarle.

Epifanio (que así se llamaba, pero era más cómodo y cariñoso llamarle Pifas) era nuestro alcahuete. Permitía que una bolita de prepos nalgasmiadas (y uno que otro adulto huevón sin nada que hacer a esas horas) nos sentáramos afuera de su tienda a beber cerveza o de plano abrir un pomo; incluso hubo un tiempo en que teníamos un sofá como el de la sala de cualquier casa ahí afuera para emborracharnos cómodamente; después, por cuestiones de logística (o, lo que es lo mismo: porque estaba muy balcón) el sofá se fue, pero tuvimos troncos y alguna silla para continuar con nuestras libaciones. Lo que siempre permaneció ahí, y creo que a la fecha todavía está, es una vieja hielera donde podíamos acomodar las caguamas, pomos, refrescos y botanas, aunque había quien prefería meter los chuchulucos en algún estuche de guitarra o cualquier otra cosa que tuviéramos a la mano. Como fuera, Pifas siempre pensaba en sus clientes, y sabía consentirlos.

Pifas y yo nunca fuimos los mejores amigos, pero sí fue mudo y constante testigo de las pedotas que agarrábamos, y de mi (un tanto retorcido) tránsito por la adolescencia emborrachándome con cabrones bastante mayores que yo, echando desmadre, jugando maquinitas y haciendo pendejadas. Jamás me reclamó por aquella vez que vomité en el árbol de afuera de su casa, ni por la vez que le tiré el retrovisor a un coche de un manotazo, ni cuando tuvieron que apretujarme entre todos mientras estábamos recargados sobre un coche para que no me cayera de borracho y los policías que pasaban en ese momento por ahí no me llevaran. Sé que suena un tanto podrido y estúpido, pero, pese a lo destructiva que resultaba mi conducta en aquel entonces, atesoro esos recuerdos y, ahora que ya no bebo hasta emborracharme, me sacan una sonrisa nostálgica.

La última vez que estuve ahí fue hace un par de años, cuando -por razones que no vienen al caso en este momento- terminé festejando mi cumpleaños afuera de su tienda, bebiendo whiskey y cerveza mientras escuchábamos la música que reproducía un celular. Ese día Pifas cerró temprano, yo llegué tarde y no alcancé a saludarlo, pero ahí estaban la hielera y el tronco para hacernos el paro hasta las cinco de la mañana que nos duró la fiestecita.


La última vez que pensé en Pifas fue a principios de esta semana; me preguntaba si el viejo aún abriría su tiendita, y si el cabrón sería eterno como Chabelo. Un par de días después, la noticia me agarró tan ocupado que no tuve tiempo de ir al velorio, y no pienso ir al rosario ni al levantamiento de cruz porque no comulgo con esas cosas y, además, sería un tanto invasivo para con su familia; pero sí puedo buscar dónde jugar una partida de The King of Fighters o Metal Slug (eran los juegos con que nos mantenía embobados durante horas, además de con el pisto) y tomarme una cerveza en su honor.




Now Playing: A crimson cosmos - Lake of Tears


Saludos Enfermos.


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