sábado, mayo 21, 2016

Guadalajara de cerca


Por una calzada de hermosos fresnos se atraviesa en un instante la pequeña distancia que hay de San Pedro a Guadalajara.

Desde que se penetra en sus primeras calles hay algo que simpatiza profundamente; se ve algo semejante a la sonrisa de una familia hospitalaria; se diría que una mujer amable y buena le abre a uno los brazos y le estrecha contra su corazón.

Yo conozco muchas ciudades de la República, caballeros, y puedo asegurar a ustedes que, al atravesar por primera vez el umbral de alguna de ellas, he sentido algo que me repelía, se me ha oprimido el corazón como al penetrar en una ciudad enemiga o en una cárcel.

Tengo esta debilidad, así como tengo la contraria, a saber, la de apasionarme de los lugares que a primera vista me son simpáticos. Guadalajara lo fue.

En cada habitante que se detenía a ver pasar nuestra columna, creí ver un íntimo amigo y ganas tuve más de una vez de apearme del caballo para ir a abrazar a la primera vieja que se asomaba a su ventana, para sonreírnos con benevolencia, o a la muchacha del pueblo que fijaba en nosotros sus negros ojos con mil promesas de tierna confianza.

En Jalisco hay, como en todos los Estados de la República, provincialismo; pero no es ese provincialismo celoso y estúpido que cierra al extraño las puertas, y que le ve como a un animal feroz o como al gafo de la Edad Media, sino ese sentimiento apasionado hacia todo lo que pertenece a la tierra natal y que, sin ser exclusivista, procura embellecer lo propio a los ojos del extraño.

En otras partes las mujeres apenas asoman las narices por sus balcones para ver pasar al viajero, y se apresuran a esconderse para no ser examinadas de cerca. En Guadalajara las mujeres se presentan francas y risueñas, comprendiendo muy bien que no es preciso ser mojigatas para ser virtuosas.

Decía yo que el provincialismo en Guadalajara consiste en querer aparecer bien a los ojos del extraño, y por este sentimiento, que es el origen de todo patriotismo, no es raro oír encomiar en sus tertulias el valor de sus guerreros, el acierto de sus gobernantes, el talento de sus escritores y la belleza de sus mujeres. Y a fe que tienen razón.

Jalisco es la tierra de Prisciliano Sánchez, de López Cotilla, de Otero, de Herrera y Cairo, de Cruz Aedo y de Epitacio Jesús de los Ríos. Y bajo aquel cielo de fuego se ha templado la lira de esa Isabel Prieto que, nacida en España, se ha desarrollado desde su niñez bajo la influencia de nuestro sol, y nos pertenece por entero, como nuestro Alarcón pertenece a España.

En cuanto a las mujeres, en mi concepto, no solo son hermosas sino divinas, y tienen, además de los encantos físicos que el cielo les otorgó con mano pródiga, una cualidad que no es común, que va siendo más rara de día en día, que va a desaparecer del mundo si Dios no lo remedia: el corazón, amigos míos, el corazón; lo que se llama hoy corazón, ¿entienden ustedes?

Tienen esa facultad que, como el verdadero talento, es un privilegio, y consiste en saber amar bien y cumplidamente, con ternura, con lealtad, sin interés, sin miras bastardas, sino en virtud de un sentimiento tan exaltado como puro.

Por eso amo a Guadalajara; allí todavía el amor tiene un santuario y adoradores fieles; allí se sabe amar; allí la civilización ha entrado, pero sin sus falaces arreos de codicia y de egoísmo. Algunas excepciones habrá; pero la mayoría de las mujeres permanece fiel a las leyes del corazón.

Y esto que digo de Guadalajara, debe considerarse dicho de todo el estado de Jalisco. Sí, señores; aquella es una tierra en la que la naturaleza se ostenta pródiga en las bellezas físicas y en las bellezas morales.

A veces han pasado sobre ella los huracanes de la guerra, dejándola asolada, o ha corroído sus entrañas el crimen. Pero la savia poderosa de su vida se ha sobrepuesto a estas crisis pasajeras, y Jalisco se ha alzado de su abatimiento más lozano, más pomposo, más bello que nunca.

Su pueblo será grande cuando sus hijos, olvidando sus rencillas domésticas, comprendan que es en la unión donde encontrarán el secreto para hacer que vuelva a su preponderancia anterior; porque ustedes no ignoran, y nadie ignora en México, lo que ha pesado Jalisco en los destinos de la patria.




Clemencia, Ignacio Manuel Altamirano, 1869.

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Es curioso cómo un libro de hace dos siglos sigue haciendo eco, sobre todo en quienes conocemos a la majestuosa Guadalajara y sus mujeres de imponente belleza y enigmáticos ojos oscuros. En este momento de mi vida, aunque no añoro ni extraño nada ni a nadie, la lectura de Clemencia me hizo voltear hacia atrás y recordar con cariño a lugares y personas que hicieron de la Perla de Occidente mi ciudad favorita, aquella a la que deseaba con todas las ganas de mi ser mudarme para comenzar una vida nueva en un lugar con tanta mística, encanto y personalidad. No sé qué tanto habrán cambiado las cosas por allá desde la última vez que un amanecer me dio la bienvenida al entrar por el lado de Tlaquepaque en autobús, pero sin importar el pésimo gobierno, las desastrosas obras viales y todo lo demás que pueda estar sufriendo aquella hermosa ciudad, estoy seguro de que siempre conservará su belleza.

Si quieres leer este clásico de la literatura mexicana y, de paso, enamorarte de un sitio emblemático, entra aquí y disfruta la lectura mientras el olor a hierba y tierra mojada te inunda el olfato.




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Saludos Enfermos.


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