miércoles, septiembre 21, 2016

Historia de un taxista (y su mamá)


Acababa de tomar un taxi del sitio que está afuera de Forum Buenavista cuando entró una llamada de mi papá preguntándome X cosa. Cuando colgué, el taxista, un señor ya mayor, me dijo:

— ¿Le platico algo, señor? ¿Puedo?

Respondí que sí y dejé de jugar Pokémon Go para prestar atención.

Empezó a contarme que, a sus 68 años, se siente afortunado por tener todavía a su madre, aunque a su padre se lo llevó hace ya muchos años el cáncer. Dijo que su viejo era un hombre fuerte, muy sano, sin vicios, "aunque sabía tomar, pero eso es muy distinto". De repente le vino la maldita enfermedad y lo mantuvo sufriendo durante tres años y medio antes de que por fin pudiera descansar en paz.

— Mire lo que son las cosas, señor; mi papá era sano y ya murió. Mi mamá siempre ha sido enfermiza y aquí sigue, a sus 102 años.

Continuó diciendo que su mamá necesita silla de ruedas porque como a los 70 tuvo problemas con los meniscos y él decidió que no la operaran, pues ya a esa edad muchas veces se quedan en la plancha; pero fuera del problema en sus rodillas, la señora goza de buena salud, está entera y lúcida.

— ¡Hasta me regaña a veces, señor! —me dijo—. Fíjese que yo tengo la costumbre de marcarle dos veces al día para ver cómo está, y hay veces que aunque ya hemos hablado de cierto tema, me vuelve a preguntar. Por eso hay veces que no le llamo, para dejarla descansar, y cuando vuelvo a hacerlo me dice: "¿Cómo estás, bien? Qué bueno, adiós", y yo le respondo: "¿Cómo que 'adiós', si no hemos hablado hoy". Y contesta ella: "Pues es que no me hablas, has de estar muy ocupado", y yo le digo: "Pues márcame tú", a lo que remata con un: "¿Quién es el hijo? ¿De quién es la obligación?".

— Dejarán de ser mamás -le respondo, conmovido por la forma en que su madre me recuerda a la mía.

Noté que su tono de voz se transforma de una hermosa manera cuando se refiere a "su mami"; se vuelve un poco tiplosa, casi infantil, y por el espejo veo que los ojos se le iluminan. —Es un regalo de dios, señor —suelta de repente—. Cuando yo era niño le pedía a dios que mi mamá nunca se muriera, y mire, aún la tengo conmigo.

Los argumentos que siempre me vienen a la mente cuando alguien me habla de cosas religiosas se derrumbaron por esta vez, porque ¿quién se atrevería a contradecir, aunque sea con el pensamiento, a una persona cuya fue tiene por motor el amor?




Llegamos a mi destino; pagué la cuenta del taxi, agradecí el servicio y le pedí que cuidara mucho a su mamá. Un cigarro ayudó a que mis emociones circularan, mientras buscaba las llaves para abrir la puerta y entrar a saludar a mi mamá.






Saludos Enfermos.


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