jueves, enero 12, 2017

Breves reflexiones causadas por El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha


¡Por fin terminé de leer El ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha! Creo que lo empecé hace seis o siete meses y nada más no le veía fin, hasta hace un par de noches que me armé de valor para chutarme las últimas 30 páginas en la comodidad de mi sillón, bajo riesgo de quedarme dormido. Las otras 623 las leí todas en mis trayectos casa-trabajo-casa, y sumando la cortedad de esos espacios con la complejidad del texto y el volumen del libro, creo que no hice tan mal tiempo.

De cualquier modo, fue un placer leerlo, aunque fuera a pausas. Una vez que se le toma ritmo, don Quijote se convierte en un ameno maestro, y esto lo digo pasando totalmente de cualquier intento de sesudo análisis —para el que ni tengo ganas ni estoy lo suficientemente calificado—. Lo más valioso que aprendí de Alonso Quijano, Sancho Panza y la rica gama de personalidades que Miguel de Cervantes Saavedra plasmó en su obra máxima es que, para transitar por esta vida sin perder la cordura, es necesario (paradójicamente) estar un tanto loco; ser consciente de lo que se es, y mantener eso bajo control.

Reafirmé que, eventualmente, requiero salirme del guión marcado por la rutina y la costumbre; necesito inventarme una aventura, alguna nueva emoción aderezada por una nueva Dulcinea del Toboso (que, ojo, no necesariamente debe tomarse literalmente como una mujer; bien puede ser una meta, un aliciente) que me haga cometer locuras, que espolee a la motivación con forma de Rocinante, que me haga ir a enfrentar al león enjaulado del hartazgo y caer en la cueva de Montesinos donde habita lo más sórdido y fantasioso de mi personalidad.

Supongo que eso es lo que hacemos los locos funcionales: andar por ahí enfrentando ejércitos de ovejas y decapitando odres, rescatando a falsas doncellas que no nos necesitan para nada, atesorando reliquias que no resultan ser más que basura para después, cansados de jugar, regresar a la cordura en nuestra zona de confort. Siempre podemos deshacer el encantamiento, ponerle un alto antes de que nos consuma totalmente y nos lleve a un punto sin retorno.

Por eso, queridos tres lectores, les comparto este mínimo fragmento en que don Quijote, justo en el medio de su locura, deja de ser un patético soñador y admite, ante Sancho, ante sí mismo y ante el lector, que mantiene el control sobre su monstruosa quimera, aunque a ratos ésta parezca sorberle febrilmente el seso. El momento en que se planta gallardo, más firme que cuando embistió a los molinos, escudo en una mano y lanza en la otra, para dar una muestra de lo sencillo que es cruzar la línea entre la gris realidad y la colorida fantasía.





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Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas, debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias, están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen, por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y así, bástame a mi pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del linaje importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama; y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada; y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina. Y diga cada uno lo que quisiese; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos.

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¿Se les antoja disfrutar el libro y dejar suelto a su loco interior, para ver qué párrafos les trae a su regreso? Denle play a la rola...





Luego, entren aquí para leer la primera parte, y aquí para la segunda.

Por cierto, no esperen encontrar la mamada esa de "Si los perros ladran es señal de que estamos avanzando". No existe tal cosa en este libro, neta, no lo abran con esa intención. Es más, si les da flojera leerlo no hay pedo; pueden decir que sí lo leyeron y no la encontraron, o que dieron con este artículo en que el autor, todo buena onda, les avisó sobre semejante barrabasada para que no hicieran el ridículo como tantos otros que se han llenado la boca afirmando lo contrario.

De nada.






Saludos Enfermos.


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Hilda Aleman dijo...

siempre he admirado tu dedicación, constancia y congruencia cielo, y yo vi cuanto batallaste para terminarlos por tus tiempós y nunda te diste por vencido, te amo y me encanta que seas asi

Daniel Mendez dijo...

Jejeje tú viste cuánto trabajo me costó...gracias amor, se hace lo que se puede. Te amo también.