miércoles, octubre 18, 2017

Conocí a un americanista en la Alameda Central


No le pregunté su nombre, así que lo llamaré Don Águila.



Me pareció una falta de respeto interrumpirle mientras leía el periódico, sentado cerca de donde Hilda y yo tomábamos un descanso y nos entreteniamos viendo a los chicos que hacen break dance en algún rincón del céntrico jardín capitalino, así que me limité a observarle. .

Mientras le ponía atención, reparé en el escudo del América, posiblemente recortado de algún jersey viejo, fijado con un seguro a su raído suéter que, curiosamente, es del mismo color que la edición que sacó Nike con motivo del centenario del club de Coapa. Ahí fue donde me di cuenta de que —nuevamente, por respeto— no debía interactuar con él. Preguntarle dónde vive, si tiene familia o trabajo, o a qué se dedica, hubiera sido invasivo y muy grosero de mi parte.

Pensé en que, de ser yo americanista y tener alguna camiseta o sudadera arrumbadas en el ropero, me hubiera encantado volver, buscarlo y regalársela. Empecé a divagar también sobre lo dura que debe ser su vida y la enternecedora (para algunos, para quienes gustamos del fútbol) y orgullosa forma de llevar los colores de su equipo aún estando en una situación precaria. Una idea me llevó a otra, y de repente sentí mucho respeto por él. Hago a un lado el sobadísimo sermón de los antifútbol —esos que dicen "Pinche fútbol, nada más apendeja a la gente", "Pinches fanáticos, están jodidos pero no dejan su vicio", "Pinches esto", "Pinches aquello", desde un pedestal pseudo-intelectual de altura similar a la de un ladrillo, donde, parados con la mano en la cintura, olvidan que incluso genios como Albert Camus o Mario Vargas Llosa han elogiado a este deporte—...pero me estoy desviando del tema.

Paso, como decía, de poses, de aficiones, de rivalidades, y le brindo un profundo respeto a Don Águila, sin cuestionar el por qué de su condición ni relacionarla directamente con su afición. El tren de las ideas me lleva a la siguiente estación y me hace preguntarme: ¿por qué no hacer extensivo ese respeto, a todos los aficionados? del América, del Atlas, del rival que sea; cada uno tiene una historia que contar y un motivo para amar ciertos colores, y ¿quién soy yo para cuestionárselo? ¿por qué no he de respetar lo que les gusta, si al final vamos en la misma dirección: una cancha de fútbol? ¿No me gustaría recibir el mismo respeto por usar un jersey a rayas rojas y blancas?

Esta noche hay Clásico; el América ha hecho lo suyo, mientras las Chivas han jugado basura durante todo el torneo. Quiero creer que rescatarán algo del maltrecho honor de campeones que les queda ganando este juego y el Clásico Tapatío que ya viene, pero si no, ¡no pasa nada! Amén de que un par de tipos me han hecho comentarios en la calle al llevar puesto algo alusivo a las Chivas —y con los que no me he enganchado, porque me considero lo suficientemente inteligente y he sustituido una mentada de madre por un guiño y una sonrisa—, tengo amigos americanistas con los que bromeo y de repente apuesto algo sin dejar de lado el aprecio. Me considero un pacifista del fútbol, e invito a quien encuentre estas líneas flotando por la red a hacer lo mismo: diviértanse, disfruten, tomen una cerveza con los amigos; respeten a quien tenga un jersey distinto al suyo dentro del mismo bar, sean corteses, sean caballerosos. Me parece que esa es la mejor forma de apoyar al equipo de su preferencia.




Now Playing: Sun King - The Beatles


Saludos Enfermos.


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