domingo, febrero 26, 2017

Mina El nopal @Guanajuato


Vuelven las Crónicas de Guanajuato, y esta vez toca hablar sobre algo que, si bien no es exclusivo de esa ciudad, me encanta y no podía dejar de disfrutar durante mi estancia en MomiaLandia: visitar una vieja mina.

Mis raíces zacatecanas  (y mi ignorancia) me hacían creer que solo en mi rancho hace aire, pero nada más erróneo; Guanajuato también trae con qué, y para muestra de ello está la mina El nopal, que empezó a trabajar en 1732 y terminó sus labores en 1908 debido a la inundación de algunos de los niveles más bajos de la mina, de los que no se pudo sacar el agua para continuar con los trabajos de extracción de oro, plata, cuarzo, pirita, plomo, zinc y cobre. De hecho, por ese motivo estos niveles se encuentran actualmente cerrados al turismo.



Así las cosas, accedimos por la entrada principal, que se ubica más o menos a la mitad del complejo: de donde estábamos, en el siglo XVIII todavía se podía trabajar unos 150 metros más hacia abajo y 100 más hacia arriba. Visualicen verticalmente la mina; cada 50 metros hay un nivel, y de ellos, el segundo conecta con otra famosa mina de la localidad: La valenciana, que, al estar ubicada en uno de los puntos más altos de la ciudad, absorbe mucho aire por el tiro (el enorme hueco vertical que se ve en el centro de cualquier mina, similar al cubo de los ascensores modernos) y, a través del ya mencionado nivel, lo transfiere hacia nuestra mina; por eso en algunas partes la temperatura es más fresca.



Cuando la mina aún estaba en funcionamiento y la cantidad de agua acumulada en los niveles inferiores no era excesiva, el agua acumulada en el tiro se sacaba y se llevaba al Castillo de Santa Cecilia, que era una hacienda de beneficio a donde llegaba también toda la roca con metales preciosos que extraían los mineros y donde las galereñas se encargaban de separar el mineral de la roca. Ellas tenían este tipo de chamba porque, en aquellos tiempos, las mujeres tenían terminantemente prohibido entrar a las minas, pues se decía que eran de mala suerte y podían ocasionar que se perdieran las vetas.

Una veta es, prácticamente, lo que determina el entramado que podemos ver cuando entramos en una mina. Los socavones (túneles, pues) siguen el patrón de la primera franja encontrada que luzca como si la roca estuviera oxidada; esto significa que ahí están los metales y es donde los mineros debían, cuña y marro en mano, romper la roca a golpes. Usualmente trabajaban en parejas, y mientras uno sostenía la punta metálica el otro golpeaba, como si fuera una especie de Thor subterráneo, la formación rocosa con el martillo hasta lograr el resultado deseado.




Ser minero, en aquel entonces, era una auténtica chinga. La minería moderna utiliza máquinas perforadoras que funcionan con aire comprimido y agua, haciendo girar, como si fuera un taladro gigante, una barreta de 1.80 metros rematada por una broca para generar huecos donde luego se mete material explosivo, simplificando de forma significativa la tarea. Antaño, estos pobres hombres, además de generar los socavones a mano limpia, tenían que rifársela sin equipamiento (como es lógico, para la época de que estamos hablando) y hasta descalzos, arriesgándose, durante el proceso, a aspirar sílice, que produce una enfermedad llamada silicosis. Esta enfermedad, en resumen, hace que se oxiden los pulmones y, como es lógico, estos intrépidos hombres, que empezaban a trabajar a los 14 o 15 años, tenían una esperanza de vida máxima de 35 o 40. Ellos sabían que en cuanto empezaran a toser y expulsar sangre por la boca estaban jodidos, pero ahí seguían, hasta donde les daba la fuerza para seguir ganando el sustento a base de fuerza y determinación, perforando, rompiendo y sacando hasta 70 kilos de roca sobre sus espaldas para llevarlas por las escaleras o bien, en una canastilla de madera jalada por personas o animales de tiro llamada calesa, que solía servir para desplazarse entre los distintos niveles de la excavación.




Toda esa titánica tarea daba como resultado números que me producen un no sé qué de impotencia, coraje y tristeza: de cada tonelada de roca, se obtenían siete gramos de oro y 300 o 400 gramos de plata. Si esto no les hace sentir piedad y admiración por las almas de aquellos férreos trabajadores, queridos tres lectores, entonces no sé qué otra cosa podría conmoverlos.

Actualmente, esta mina recibe a miles de turistas que, como Hilda y yo, se maravillan admirando uno de los pilares de la economía no solo del Bajío, sino de todo el país, además de contar con un nivel adaptado como salón de prácticas, donde los estudiantes de la Facultad de Ingeniería, Minas, Metalurgia, Geología y Ambiente de la Universidad de Guanajuato extraen muestras del poco metal que queda ahí para analizar. En cierto modo, es reconfortante saber que un lugar donde floreció la explotación durante tantos años se haya convertido en una herramienta para el saber y el progreso. No dejen de visitar este increíble rincón de Guanajuato, uno de tantos que, estoy seguro, les encantarán.


El resto de la galería, aquí.


Now Playing: Amerika - Rammstein


Saludos Enfermos.


domingo, febrero 19, 2017

Un regalito de mi papá




Últimamente había estado bebiendo más de lo que quizá debería, gracias a factores como que ya no puedo salir a empinar el codo los fines de semana y he tratado de trasladar mi vida social a intervalos entre el lunes y el jueves, el hecho de que mi nivel de stress se mantiene alto 24/7 y casi diario he llegado a casa con ganas de abrir una cerveza o servirme un whisky, e incluso algunas situaciones que me mantuvieron cavilando por un buen rato y requirieron que mi razonamiento fuera lubricado por alguno de los dos elixires ya mencionados.

El punto es que ya llevaba un par de meses así. Una noche, estando recostado en mi cama, vino mi papá; me preguntó qué hacía, yo estaba viendo el video de las policías culichis buenotas y se lo mostré. Después de una leve sonrisa se sentó en la orilla de mi cama y me dijo, con toda la calma del mundo:

—Oye, sé que trabajas mucho, que tienes demasiado stress encima, cosas que ocupan a tu mente, pero necesitas bajarle al cigarro y al alcohol. No quiero que tengas un problema mayor, tienes que cuidarte, necesitas bajar el ritmo, porque el que va a recibir todo el daño serás tú, y nos llevarás entre las patas a tu madre y a mi.

—Sí, papá le respondí, también en calma. Te prometo que ya le voy a bajar.

Pasó.

La noche siguiente llegó a mi recámara, de nuevo. Yo estaba igual, acostadote haciendo nada, cuando me dijo:

—Oye, les mandé un video, ¿no lo viste?

—Ah caray, no...¿lo mandaste por WhatsApp o algo? y ahí voy en chinga a revisar...

—No, se los mandé por Facebook.

Entro a Facebook y efectivamente, ahí estaba el video, pero no etiquetó a nadie. Solo lo puso en su muro, y obviamente ya tenía likes de mi hermana, de algunos de mis primos, creo que también de un par de tíos. Le di play y me encontré con esto:





El nudo en la garganta no me permitió decir nada. Aproveché que estaba a medio recostar con el celular en la mano para bajar la mirada y disimular las lágrimas que comenzaban a salir; el tiempo que duró la canción ayudó a calmarme. Me levanté, le devolví el celular a mi papá y le dije: "Qué buena está esa rola del Stevens, ¡gracias!". Le di las buenas noches, se fue, abrí una cerveza para enjuagarme la saliva espesa acumulada por el llanto contenido...y a llorar. Complicado, ¿no? Pero es comprensible hasta cierto modo: nunca hemos sido demasiado afectuosos, los dos somos un tanto torpes para expresar nuestras emociones, pero ambos sabemos también que aquí estamos, y siempre nos vamos a apoyar. Así se las gasta mi papá para recordarme que, aunque sea más alto y fuerte que él en sus mejores años, siempre seré su niño; y yo, con todo y mi actitud de tipo rudo y autosuficiente, me di permiso de volver a ser un peque y devolverle, aunque fuera un poco, el apapacho:






Por cierto, tengo que enseñarle a etiquetar gente en sus publicaciones...






Saludos Enfermos.


domingo, febrero 12, 2017

15 metros, 15 minutos: la premisa de MicroTeatro México




El viernes por la noche se nos antojó un poco de teatro a Hilda y a mi; de hecho ella fue quien sugirió la idea, porque encontró en Facebook la página de MicroTeatro México y le llamó mucho la atención la idea de disfrutar obras cortas (cada una dura 15 minutos) en serie, de un modo tan sencillo como cambiar de locación para ver la siguiente puesta en escena.



Fuimos, pues, a Roble #3, en la colonia Santa María la Ribera, casi esquina con Insurgentes; de hecho, fue super fácil llegar porque está muy cerca del Metrobús y de la estación del Tren Suburbano Buenavista. La chica que nos recibió, muy solícita, nos explicó cómo funciona la dinámica dentro del lugar: ver una obra cuesta 80 pesitos, pero si eliges tres el costo es de 200 morlacos y, si de plano eres muy fan, hay un precio especial (de aproximadamente 900 pesos, aunque la chica no me lo aseguró) con el que tienes acceso a todas las obras de la temporada y puedes entrar el día que quieras. Como ese día no traíamos tanta plata (ni tiempo), decidimos escoger tres obras del menú de Cabaret para ver qué tal estaban; las elegidas fueron La maldición del cabaret, Chulos & coquetones: los 41 señores, y Divine.



Nos quedó excelente la selección, porque sus horarios permitían movernos entre un escenario y otro (suites, les llaman en MicroTeatro México) con el tiempo perfecto para no perder detalle de ninguna. Obviamente, no voy a quemarles las obritas que vimos para que se les antojen y vayan, pero sí puedo decir que tuvimos suerte de novatos y las tres nos encantaron; la primera nos contó una clásica y trágica historia de amor aderezada con alguna tragedia acaecida a una olvidada estrella del medio. La segunda fue una especie de intermezzo irrisorio que nos dejó con un muy grato sabor de boca, perfecto para llegar frescos a la tercera. Esta...caray, no tengo modo de describirla sin arruinar la sorpresa, así que creo que podría decirles, queridos tres lectores, que siempre debemos ser delicados y mantener una sana convivencia con la persona más importante de nuestras vidas. El resto, se los dejo a la imaginación.




Pasar el rato en MicroTeatro México es una delicia, y lo mejor es que hay para todos: aparte de las funciones que comienzan en la tarde de jueves a domingo para los adultos, en las que podemos disfrutar de un rico mezcalito o algún bocadillo gourmet, los sábados y domingos, desde el medio día y hasta las tres de la tarde, los más peques de la familia pueden disfrutar de funciones especialmente creadas para ellos en la Matinee de MicroTeatro Infantil.

Espero que esos sean motivos suficientes para visitar a este talentoso equipo de actores y productores; nada pierden dándose una vueltecita por allá, y si van, ¡cuentenme cuáles obras vieron, y qué les parecieron!






Saludos Enfermos.


sábado, febrero 04, 2017

Cuéntame una de taxistas




El otro día tomé un taxi para ir a algún lugar cercano a mi oficina; cuando lo abordé sobre avenida Universidad, el chofer iba hablando por celular, razón suficiente para dejarlo pasar y esperar uno que tuviera las dos manos al volante; pero como tenía prisa y además es un pedo conseguir taxi en esa zona y a esa hora, pensé: "Pues qué chingados..." y me subí, con el celular en la mano y Whiskey in the jar sonando en mis audífonos wireless mamoncitos.

Me bajé los audífonos al cuello, le dije al taxista hacia dónde iba, abrí Google Maps para ver qué tal estaba el tráfico en la zona, y sin querer puse atención a la plática del taxista. Escuché algo más o menos así:

—Es que no mames, me mandaron una foto al celular y aparte me amenazaron...aguanta, te voy a mandar la foto (colgó, supongo que reenvió la dichosa fotografía y volvió a llamar).

—Sí güey, ¿cómo ves? Dice que si no dejo a Diana en paz me va a matar. No, no mames, no sabe en la que se está metiendo (pasan un par de minutos en silencio).

De repente volteó y me dijo:

—¿Cómo ves, carnal? Me mandaron una foto y un mensaje diciéndome que deje de molestar a mi ex, pero no mames, yo solo la busqué para arreglar un par de cosas, no es para que me amenacen. Yo estuve en el reclu, carnal; estuve por secuestro y extorsión y aunque ya no soy malora, conozco a banda pesada ahí dentro, ¿qué me va a estar espantando este pendejo? ¿O tú cómo ves, carnal?


*Corte a: Daniel metiendo los audífonos a la mochila, escondiendo el celular, guardando el reloj bajo la manga de la chamarra y encomendándole sus nalguitas a Satanás*


—No pues...¡qué mal pedo, hermano!

—Lo peor es que me mandaron la foto, traté de llamar y nada, se me hace que compraron un chip nada más para hacer esto, chale, aparte mi papá se murió y tengo que juntar para el funeral...

—¡Qué culero! Lo siento mucho, hermano. Bueno, este...¡aquí bajo! ¿Cuánto te debo?

—Lo que tú quieras, carnal...ya me da igual (y puso carita triste).

Le di como 35 pesos, agarré mis cositas y ¡vámonos!

Supongo que la moraleja es: nunca se suban a un taxi con toda la parafernalia tecnológica reluciendo, porque si les toca un conductor ex-presidiario como a mi, se van a cagar para adentro un poquito. Ahora, si ya están ahí, no olviden ser miméticamente empáticos  (¡con ñerazo incluido, "carnaleeeeees"!), no se dejen dominar por el miedo (aunque yo estuve a nada de bajarme del auto en movimiento unas tres veces) y pongan cara de que no hay pedo, más o menos así:




Es por cosas así que odio que Uber aún no acepte pagos en efectivo dentro de la CDMX...






Saludos Enfermos